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Calle Loynaz
materiales diversos
600x 600x 850cm
performances, lecturas y encuentros al interior de la glorieta
2012

Calle Loynaz fue mi propuesta personal a Ciudad Generosa, proyecto del colectivo 4ta Pragmática Pedagógica de la Universidad de las Artes de La Habana, del cual formé parte de 2009 a 2012. La idea principal de este proyecto era construir una especie de ciudad abierta a todos, donde cada miembro del grupo debía concebir y fabricar su propia casa. Una casa para acoger a los visitantes e invitarlos a permanecer, hablar y vivir sin tiempo preestablecido.

Para mi propuesta personal, me interesé en la historia de este parque pequeño y casi olvidado en el capitalino barrio del Vedado. El mismo formaba parte del bosque de La Habana en el año 1880. Las ruinas que podemos observar hoy en día son las del hotel Trotcha, cuya construcción data de finales del siglo XIX y que fue financiado por Buenaventura Trotcha. La modernidad de sus instalaciones atrajo a la Comisión de la intervención norteamericana a principios del siglo XX, quienes buscaban un sitio calmado para alojarse en La Habana. Para cumplir con los requisitos impuestos por los funcionarios estadounidenses, un sistema de iluminación eléctrica fue instalado en este hotel, posiblemente el primero del país hasta ese entonces.

Leyendo el diario íntimo de Enrique Loynaz, hermano de la poetisa Dulce María Loynaz, descubrí que, durante su infancia, ella iba a los jardines del hotel Trotcha para admirar la luz eléctrica. Esta imagen sería el recuerdo más vivo de la infancia de Loynaz, muy presente en su obra. En el diseño de mi casa, traté de vincular esta historia a las representaciones contemporáneas construidas por los vecinos del barrio. Mi investigación sobre el hotel Trotcha me enseñó que este tenía un jardín grande con glorietas donde los visitantes se instalaban en la noche para charlar y relajarse bajo el resplandor de las bombillas eléctricas. Por eso diseñé mi casa como una glorieta abierta a todos, como un espacio en el límite entre lo público y lo privado. En el centro de la misma, coloqué un polígono grande de vidrio que rodeaba un neón que sugería el filamento de una bombilla. Mi objetivo era devolver la luz a este espacio público que había quedado a la sombra. Alrededor de esta bombilla, coloqué bancos de madera y pajillas, imitando a los que había en el hotel a principios del siglo pasado. Sobre el suelo de la glorieta había dos huellas de pies de cerámica. Originalmente, estas eran las huellas de mis pies. Pero luego, la quema las redujo de tamaño, haciéndolas ver como las huellas de un niño, recordando a Dulce María Loynaz cuando venía a admirar las luces del hotel. La poetisa estaba presente de algún modo en el espacio a través de estas formas.

Tres semanas antes de la inauguración de Ciudad Generosa, el Estado Cubano nos negó el permiso para trabajar en el parque Trotcha, ya que está situado en una de las avenidas tomadas diariamente por el Presidente de la República. Los organizadores nos ofrecieron un nuevo parque ubicado a pocas calles. Mi trabajo estaba profundamente ligado a la historia del parque Trotcha, me parecía absurda la idea de presentarlo en el otro parque. Finalmente decidí instalar mi glorieta en el segundo parque, pero creando un vínculo con el otro lugar a través de performances.

Cada día, vestía ropas similares a la de principios del siglo XX y leía poemas de Dulce María Loynaz en mi glorieta. Por la noche, la luz proyectada por la bombilla atraía a personas que venían a compartir historias, poemas y momentos. Con motivo del nombre de nuestra ciudad, cada artista debía regalar generosamente un recuerdo a los visitantes. En mi caso yo entregaba espejos pequeños para que el visitante pudiese jugar, expandir y comunicar con los reflejos de la bombilla y, de alguna manera, llevar un poco de la luz de mi casa a la de ellos. El último día de la Ciudad Generosa, realicé un performance para conectar ambos parques. Fui al parque Trotcha y caminé entre las ruinas.
Descripción del performance: Después de unos minutos encendí una linterna pequeña que tenía en mis manos. Caminé y gracias a la luz, dibujé en el aire mi glorieta, la bombilla exactamente en el lugar donde había previsto inicialmente realizar mi instalación. Con la luz encendida hice el paseo hacia
Ciudad Generosa. Cuando llegué al parque, todo estaba en penumbras, con el fin de devolver metafóricamente el espíritu de la luz. En el momento en que puse un pie en la glorieta, la bombilla gigante se encendió. Me senté y empecé a jugar con la luz y los espejos, depositándolos en el suelo alrededor de la bombilla. Poco a poco las personas del público se acercaron y espontáneamente comenzaron a jugar con los reflejos de la luz usando sus espejos.

Calle Loynaz, exposición colectiva Ciudad Generosa, 3ra y E, La Habana, Cuba
En el marco oficial de la XI Bienal de La Habana, 4ta Pragmática Pedagógica
Con el apoyo del Instituto Superior de Arte de La Habana, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas Cuba, la Embajada de Francia y la Embajada de España en Cuba